Caminaba con mi padre cuando él se detuvo en una curva y después de un pequeño silencio me preguntó:
- ¿Además del cantar de los pájaros escuchas algún otro sonido?
Agudicé mis oídos y, algunos segundos después, respondí:
- Estoy escuchando el ruido de una carreta.
- Eso es -dijo mi padre-. Es una carreta vacía.
Yo le pregunté entonces:
- ¿Cómo sabes que es una carreta vacía, si aún no la vemos?
Y mi padre respondió:
- Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía por el ruido. Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace.
Ha pasado mucho tiempo de aquello. Yo me convertí en adulta y, todavía hoy, cuando veo a una persona hablando demasiado, interrumpiendo la conversación de los demás, siendo inoportuna o violenta, presumiendo de lo que tiene, mostrándose prepotente y menospreciando a la gente, tengo la impresión de escuchar la voz de mi padre diciendo:
- Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace.
En el remolino de mi mente, en ese gran agujero gris y traicionero, el sí se me convierte en no, el deseo se torna duda eterna, el derecho a las cosas se me confunde, las certezas se nublan, la razón cede a la emoción, el sentimiento se somete a las ideas, lo uno y lo otro me convienen, lo uno y lo otro no me gustan, lo uno y lo otro son iguales, lo uno y lo otro son opuestos, quiero ambas cosas, no quiero ninguna, soy blanca, soy negra, soy tímida, soy irreverente, soy una química que todo lo transforma en imposibles.
¿Por qué pensar en ese instante que lo cambió todo?
Fue una tontería. Todo vino de tu estúpida costumbre de fijarte demasiado en los gestos. Sólo fue un segundo y nadie se dio cuenta que todo había cambiado, ni tan siquiera él. Te lo aseguro, fue un pequeño eclipse que sólo se podía ver a través de tus ojos. Lo sé, lo sé, te invadió una enorme satisfacción por haber sido capaz de intuir y percibir el chasquido de los planetas. Pero reconoce que resulta un poco triste pensar que esos pequeños eclipses personales pasen desapercibidos para el protagonista. Resulta triste que pensaras que esa sonrisa era una de las cosas más especiales que habías visto desde hacía tiempo y él ni se diera cuenta. No se lo dijiste, claro, porque no sueles compartir ese tipo de pensamientos. Siempre te callas las cosas más importantes.
¿Y ahora qué puedes hacer con ese recuerdo?
Aquel instante es una de esas cosas con las que no se sabe qué hacer pero algo te impide tirarlas, es como un pequeño trasto que lo guardas en un cajón de casa, escondido detrás de una acumulación de chismes inservibles de la misma categoría. Pueden pasar años sin que vuelvas a acordarte de ese trasto viejo, minúsculo y ahora ya sucio y pasado de moda pero te resistes a deshacerte de él.
¿Y por qué pensar en ese instante precisamente ahora?
No tiene sentido y es frustrante. Ni a ti te importa ya ni a él le llegó a importar nunca. Supongo que será porque para ti es una puerta ajustada, detrás de la cual oyes el ruido repetitivo de una gota al caer cloc… cloc… cloc… La repetición hace que te acostumbres y al final ni lo oyes, como el segundero de un reloj. Pero si un día te da por fijarte en el ruido te das cuenta que es odioso y se convierte en insoportable.
Es lo que tiene, la normalidad suele propiciar toda clase de aberraciones. Y es que la repetición ha llevado a la costumbre, la costumbre a la ignorancia y la ignorancia se ha convertido en traición. ¿Y de dónde cae esa gota? Si son goteras del corazón que alguien aparte el cubo. Deja que se encharque o que la sangre se seque en el suelo, que venga alguien y la pise, o la limpie o lo que sea pero no la guardes en un cubo.
En fin, que no sé que decirte, sólo que no tiene sentido que te obsesiones por ese segundo que creo que se basó exclusivamente en el deseo. Aunque te entiendo, nosotros somos nuestros deseos. La mentira, la manera más fácil de satisfacerlos. Entre medias existe una maraña de confusión, dolor, olvido y amor propio herido de de muerte. Supongo que es ése mi consejo: la mentira. Lo sé, vaya mierda de consejo. Y supongo que no tengo credibilidad diciéndote eso, más que nada porque siempre he predicado lo contrario. Pero, al fin y al cabo, ¿quién soy yo para darte consejos? La voz de la conciencia, me entra grima cuando sé que cargo con ese nombre. Soy sólo una construcción más de la razón humana ¿y hay algo más?